lunes, 14 de febrero de 2011

Mis Prioridades Eran Golf, Golf y más Golf

Por Bernhard Langer

Bernhard Langer Misses Putt at 1991 Ryder CupGanar en el último hoyo de la Copa Ryder en 1991 me hubiera dado la victoria y la Copa Ryder de 1991 hubiera quedado en Europa.
Mi oponente, Hale Irwin, hizo un boggie, 5. Y yo me enfrentaba a un putt de un metro y medio para ganar.
Este era, sin duda, el golpe más importante de mi carrera. Oré por coraje, fuerza y mano calma. No quería defraudar a mis compañeros de equipo. Quería meter la pelota en ese hoyo y convertirme en el héroe de la Copa Ryder.
Cuando la pelota se deslizaba por el borde derecho del hoyo, la tribuna americana estalló y celebró la victoria de su equipo. Todo lo que yo sentí fue dolor, agonía y desilusión.
Dos días después, estaba en Stuttgart para jugar en el Masters de Alemania. Muchos periodistas me hicieron la misma pregunta –‘¿Qué le pasó en ese último putt?’
Soy consciente de que la gente me recordará siempre por ese domingo a la tarde. Y que también yo lo recordaré siempre.
          
Volviendo a 1985 – mi primer año como miembro del Tour Americano: gané el mayor evento de mi vida hasta ese momento – el Masters en Augusta, Georgia. Además gané el “Herritage Classic” en Milton Head, el Masters Australiano, el Abierto de Casio en Japón, el “Sun City Million Dollar” y dos eventos en Europa.
Gané siete torneos en cinco continentes diferentes. Fui ranqueado como el número uno del mundo. Tenía una hermosa esposa y había obtenido todo lo que había soñado.
           
El problema era que, algo faltaba. Mis prioridades eran golf, golf, golf y más golf. Después yo y por último un poco de tiempo con mi esposa. De vez en cuando oraba. Iba a la iglesia. Pero mi golf no era bueno, mi vida entera estaba insatisfecha, y hacía que todos los que estaban alrededor mío se sintieran insatisfechos.

La semana después del Masters de 1985, mi esposa Vikki y yo asistimos a un Estudio Bíblico del Tour. Esa fue la primera vez que escuchaba que necesitaba “nacer de nuevo”. Para mi no tenía sentido. Cuando terminó la reunión, pregunté qué quería decir “nacer de nuevo”.
          
Larry Moody abrió su Biblia y me mostró Juan 3:3 que dice: “En verdad, en verdad te digo que el que no nace de nuevo no puede ver el Reino de Dios.”
          
Prosiguió explicando que la única manera de obtener la vida eterna es por medio de Jesús, que murió por nuestros pecados. Y que no es a través de nuestras obras o buen comportamiento que nos acreditan para obtener la vida eterna, porque nunca vamos a alcanzar los parámetros de Dios. Siempre nos vamos a quedar cortos.

Después de escuchar esto no puede hacer más que pedirle a Jesús que entrara en mi vida y dejar que el Espíritu Santo reinara en mi vida. Mi esposa se sentía de la misma manera, y también aceptó a Jesús como su Salvador.
Desde entonces he visto tremendos cambios en su vida, y en la mía, en nuestra relación como pareja, y la forma en que nos relacionamos con nuestros amigos y las personas que nos rodean.
         
Ocasionalmente me acuerdo de aquel golpe fallido en la Copa Ryder. Sería fácil echarle la culpa a  Dios y decirle, “¿Por qué permitiste que eso me pasara? ¿Por qué?”
Este tipo de pensamiento es como una pesadilla que fácilmente puede destruir mi confianza y hasta mi carrera.
Siento que Dios quiso usar lo que pasó aquel día para probar mi fe y ver si realmente lo amaría y confiaría en Él sin importar lo que pasara. Cuando mantengo esta perspectiva eterna, lo puedo soportar.

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